viernes, 28 de mayo de 2021

Irma cruza el río Bravo

 Este viernes 28 de mayo de este interminable 2021 una foto marcó como "dedo en la llaga" la tragedia venezolana causada por la también interminable dictadura chavista. Como aquella foto del niño sirio Aylan que yacía en una playa. Ahora, para verguenza de Maduro y de sus no pocos aliados en el Cono Sur (Argentina, entre ellos) la imagen "fuerte" fue igual de potente, y  casi peor: una anciana muy anciana  llevada en brazos como un muñeco de trapo inerte por un joven. Irma, que así se llama la pobre mujer, cruzó el famoso Rio Bravo, el limite entre Mexico y Texas en esas penosas condiciones. Parecía muerta, pero no, al llegar al lado estadounidense estaba viva y pudo recuperarse, al menos un poco. 

Vale transcribir el relato de un medio de los muchos que hoy habitan la web: Alnavio.es.
 "Una anciana cruza en brazos de otro joven emigrante el Río Bravo y entra de manera ilegal a Estados Unidos, donde es asistida por la patrulla fronteriza. El fotógrafo Go Nakamura, de la agencia de noticias Reuters, registra el suceso, que en cuestión de minutos da la vuelta al mundo y vuelve a poner el dedo sobre la llaga que representa la masiva migración venezolana."

Agrega alnavio.es que la imagen "se repite casi cada día a lo largo de los bajos del río, pero, hace unos meses, solo se veía a mexicanos y centroamericanos. Ahora, cientos de venezolanos están intentando entrar de esta forma a Estados Unidos, donde piden asilo".

En las redes sociales, la mujer fue identificada como Irma, de 80 años, y oriunda del petrolero estado de Zulia, de la ciudad de Maracaibo, antes y durante décadas sinónimo de riqueza y bienestar, adonde llegaban, aún en los años 70 los inmigrantes italianos. Sí, leyó bien. Había un país latinoamericano que todavía en los 70s atraía inmigración europea. Ese país era, claro, Venezuela. Hoy en Maracaibo y en toda Venezuela domina la pobreza extrema, al punto que una mujer de 80 años no duda en recorrer miles de kilómetros para poner pie en EEUU.  La desnutrición, antes inexistente, algo que pasaba en otros países, es cosa común y generalizada entre los venezolanos que todavía aguantan a Maduro y sus hordas de matones. 

En Estados Unidos, el Gobierno de Joe Biden anunció a principios de marzo un estatus de protección temporal (TPS, en sus siglas en inglés) para los venezolanos indocumentados, una medida que les permitiría residir de forma legal y trabajar.

        Según la Casa Blanca, el programa beneficiará a unos 320.000 ciudadanos que ya estaban en suelo estadounidense cuando se aprobó la medida, pero excluye a los llegados a partir de esa fecha. A Irma, por ejemplo, que llegól literalmente con el último respiro, y al joven que la cruzo en brazos.
       ¡Qué sentirán el canciller Felipe Solá y sus superiores, que apenas horas antes ordenaron retirar la firma de la Argentina de una demanda por delitos de lesa humanidad abierta contra la dictadura de Maduro ante la Corte Penal Internaiconal? Tristemente, hay derecho a pensar que nada. Aliados son los aliados, se dirán mientras cortejan a la China de Xi Xinping y la Rusia de Vladimir Putin. A los vencidos, ni justicia ni piedad, podría decir el Gobierno argentino con crueldad pero con coherencia. 

sábado, 20 de marzo de 2021

La geoingeniería y el cambio climático

Nota: esta columna la publiqué en septiembre de 2019, la pongo acá porque he notado que en el diario están borrando notas de archivo. Y a la vez vale la pena su lectura, pese al Covid el tema no ha perdido nada de actualidad. Al contrario. 

 La geoingeniería y el cambio climático

El IPCC de la ONU admitió esa alternativa para mitigar el calentamiento global. El efecto recesivo del calendario de corte de las emisiones.


Por Pablo Díaz de Brito


Domingo 29 de Septiembre de 2019

Diario La Capital de Rosario

En un informe de octubre de 2018 sobre el avance del calentamiento global, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) abrió el juego, aunque de manera limitada, al uso de las llamadas “geoingenierías” para frenar el fenómeno, ante la evidencia de que no será suficiente con el recorte de las emisiones si siguen a ritmo moderado como hoy. Y si son tan drásticas como exige el propio IPCC: emisiones cero para 2050, o bien compensadas por captura de CO2 de la atmósfera, y una caída al 45% para 2030, el daño sería indudable. Es claro que frenar el uso de combustibles fósiles, pero también de las emisiones de la agricultura y la ganadería, tan bruscamente resultaría muy dañino para las economías de gran parte del planeta, por lo que el IPCC acepta las tecnologías que buscan rebajar el nivel de CO2 atmosférico y ya no solo se apunta a las emisiones. El IPCC lanzó esta idea pese al rechazo frontal de las formaciones ecologistas, que repudian todo proyecto de “geoingeniería” y exigen sólo y exclusivamente recortar emisiones.


   “Se estima que las actividades humanas causaron aproximadamente 1ºC de calentamiento global sobre los niveles preindustriales. El calentamiento global alcanzará probablemente 1.5ºC entre 2030 y 2052 si continua a aumentar con la tasa actual” pronostica el informe de la ONU (http://report.ipcc.ch/sr15/pdf/sr15—spm—final.pdf). Solo para limitar el calentamiento global a 1,5 grados se requerirán unos esfuerzos sin precedentes para reducir un 45 por ciento las emisiones totales en 2030, apenas 11 años por delante, respecto al nivel de emisión de 2010, y 100% en 2050. Conviene subrayar que esto vale para la quema de hidrocarburos y carbón pero también para las otras fuentes de emisión: agricultura, ganadería, industria forestal. Agricultura, ganadería y otros usos de la tierra suman el 28% de las emisiones. O sea, debe alcanzarse el “cero neto” de emisiones para la mitad del siglo. El IPCC enfatiza que hay una enorme diferencia entre 1,5 y 2 grados y que el objetivo debe ser el primer umbral para 2100, pero con el ritmo actual ese umbral se alcanzará, como se dijo, entre 2030 y 2052.


   En suma, habría que eliminar por completo en apenas 32 años, la quema de combustibles fósiles, la agricultura tal como se practica hoy en día y la producción de carnes. Todo eso debería cambiar o desaparecer en apenas tres décadas. Semejante reducción drástica del consumo de combustibles fósiles—carbón, petróleo y gas natural— y de la producción de alimentos tal como se la conoce hoy sería sin dudas brutalmente recesivo para los países en desarrollo y no sólo ellos, e incluso un peligro para la alimentación de la humanidad. Esto ha llevado al IPCC a abrir el juego a las geoingenierías. El enfoque de las geoingenierías no se limita a cortar las emisiones, como plantea el ambientalismo como única solución al cambio climático, sino también a retirar CO2 de la atmósfera e incluso a “apantallar” las radiaciones solares para disminuir la temperatura media global. Ninguna de estas tecnologías es admitida por los ecologistas, ni siquiera a pequeña escala experimental.


   Pero pese a este rechazo ecologista cabe preguntase si pueden las tecnologías de captura de carbono y la geoingeniería climática ser una parte inevitable de la solución. El IPCC les abre la puerta tímidamente, al menos a las que quitan carbono de la atmósfera, no así a las que proponen rechazar parte de la radiación solar. Por otro lado, sin preguntarle a nadie, los noruegos, grandes productores de hidrocarburos en el Mar del Norte, separan e inyectan en la roca profunda el CO2 de sus campos de gas desde 1996.


   El IPCC pasa revista a estos diseños de geoigeniería. Primero están los llamados “sumideros forestales”: forestación o reforestación masiva. Esta fórmula ya se utiliza hace años en la contabilidad de los inventarios de emisiones. Pero ahora se suman, y el IPCC los plantea abiertamente por primera vez, sistemas de captura y almacenamiento de CO2. Son las plantas de bioenergía con captura y almacenamiento de CO2 (BECCS, por sus siglas en inglés). Queman biomasa forestal para producir electricidad pero en lugar de enviar el CO2 a la atmósfera, lo entierran, de manera similar a como hacen los noruegos en el Mar del Norte. Se quita CO2 de la atmósfera y a la vez se produce energía eléctrica.


   Hay otras tecnologías que se citan en el informe. Una consiste en un aerosol de minerales para eliminar CO2 de la atmósfera, y también se estudia la fertilización de los océanos con nutrientes para hacer crecer el fitoplancton y extraer el CO2. El IPCC, sin embargo, no ha incluido las medidas de modificación de la radiación solar (MRS) en sus propuestas de trabajo. “Aunque algunas medidas MRS pueden ser teóricamente efectivas para reducir los excesos de emisiones, comportan grandes incertidumbres y riesgos sustanciales”, alerta el IPCC. Estas imitan el efecto de los volcanes, rociando compuestos de azufre en la estratósfera, lo que filtra los rayos infrarrojos. Como el azufre puede dañar el ozono se lo sustituiría con “calcita”, compuesto de calcio muy común. Otra idea es generar nubes cargadas de sal marina. Estas tecnologías darían tiempo a eliminar el uso de combustibles fósiles sin condenar a los países emergentes a la pobreza ni cambiar arriesgadamente el modelo de producción de alimentos para los 7.500 millones de habitantes del planeta.

sábado, 6 de marzo de 2021

La crisis global es doble: económica y demográfica

 La crisis de la democracia construida en Europa en la posguerra se trasladó, en oleadas sucesivas desde los años 80, a sus partidos políticos. Algo similar sucedió en versión subdesarrollada en América latina, esa periferia de Occidente, su extendido suburbio pobre y violento. Hoy se observa el auge de los populismos, de izquierda y derecha, desde EEUU a Ecuador, de Venezuela a Hungría, de Brasil a Italia. Esto indica que el movimiento es de fondo, para nada ocasional. Pero al problema económico, desencadenado por los cambios que impone la Globalización, se suma otro, tan evidente pero mucho menos citado y analizado: la insostenible demografía que exhibe la Humanidad en los últimos 100 o 120 años, aproximadamente. Este segundo factor es de mucho peso, determinante, en los países subdesarrollados y mucho tiene que ver con sus derivas populistas.

Sobre el factor económico, la clave de lectura del fenómeno de base es conocida: el rendimiento de la Economía ya no es el que era. La Globalización lo ha cambiado todo. Veamos un poco el mundo desarrollado. Los obreros despedidos de la industria estadounidense tradicional, de Detroit a Pittsburgh, el desempleo crónico y alto en Europa, la falta de recuperación de España e Italia de la crisis de las hipotecas subprime de 2008, todo esto crea el conocido caldo de cultivo para el descontento inorgánico que alimenta a los populistas.
En 1983, luego de dos años de mandato, Francois Mitterrand se dio cuenta de que el modelo de posguerra ya no podía aplicarse y dio un viraje brusco a su política de nacionalizaciones e impuestos altos de 1981 -que había provocado una fuga masiva de capitales y de empresas. Mientras, Reagan y Thatcher impusieron reformas estructurales por convicción, pero también por necesidad urgente (déficit fiscales, estancamiento con inflación). Así comenzó a acumularse un descontento que se midió, en las democracias desarrolladas, con dos índices: el alejamiento de las urnas, dado que en ningún sistema político avanzado el voto es obligatorio, y el surgimiento de movimientos marginales, primero de extrema derecha, luego también de extrema izquierda. Jean-Marie Le Pen da la primera alarma en los años 80. En los 90s surge la Liga Norte en Italia, luego, en catarata, se multiplican los partidos populistas xenófobos y racistas en casi toda Europa.
 Hoy muchos gobiernan, como Viktor Orbán en Hungría, la Liga y el Movimiento 5 Estrellas en Italia o podrían hacerlo pronto, como Marine Le Pen en Francia, donde también ocupa un lugar importante "Francia Insumisa" del ex trotkista devenido populista Jean-Luc Melenchon. En España el populista de izquierda Podemos cogobierna con el PSOE, un partido socialdemócrata devenido una maquinaria de sobrevivir como sea bajo el liderazgo de Pedro Sánchez.  En Italia, la Liga cogobernó con el también populista 5 Estrellas, que en una acrobacia típicamente italiana viró a la izquierda y formó nuevo Ejecutivo con el Partido Democrático. Ahora, con Mario Draghi, la Liga volvió al Ejecutivo. Quedan pocos puntos fijos en el mapa europeo, y hasta Angela Merkel va al ocaso con varios golpes fuertes, como la renuncia de su delfín designada, Annegrett Kramp-Karrenbauer. Renunció a la presidencia democristiana porque el partido la desconoció y armó una alianza local con la ultraderecha en Turingia. En otras palabras, la ultraderecha arruinó la planificada sucesión de Merkel, la estadista más importante que ha dado Europa en 20 años. 
La falta de rendimiento de la Economía, o sea de producción de bienestar suficiente y de trabajos de calidad en abundancia, es ya un hecho generalizado y crónico en todo el mundo por fuera de Asia, la gran ganadora de la Globalización Y en este continente ese avance se da con los bajos estándares que ya se conocen (casos aparte son Japón, Corea y Taiwán, cuyas economías se desarrollaron más o menos en la misma época en que se dio aquel florecimiento de Europa).

La insatisfacción fuera de Europa también es muy fuerte y llevó a los nuevos populismos latinoamericanos en los primeros 2000. Este malestar no lleva a una ciudadanía instruida a informarse de los defectos de la economía nacional, ni de las debilidades del sistema internacional, sino a una reacción emocional: "nos engañan, nos roban, esto es una fiesta para pocos". En este clima de agravio, es inevitable que surjan los oportunistas. Pueden ser verdaderos dictadores con votos, como Hugo Chávez o, ya sin votos, su brutal sucesor, Maduro; o pueden tener planes económicos más serios aunque insustentables a largo plazo (Rafael Correa en Ecuador, Evo en Bolivia, los dos agotados por recostarse sobre la renta de los commodities sin detenerse a pensar que ese maná un día iba a cesar o disminuir, tal como inevitablemente ocurrió).

Pero a todo este complejo cuadro, nadie suma, ni siquiera entre los economistas más serios, un factor silencioso y enorme. Es como si nadie viera al elefante que se pasea por la sala mientras todos se preguntan por las causas del malestar general. Ese elefante invisible es la demografía. Al menos en los países que conforman 3/4 partes de la humanidad, los subdesarrollados, los "emergentes".
Argentina no escapa al problema. Cuando Perón es elegido presidente en 1946 Argentina tenía 15,8 millones de habitantes (censo de 1947). Debía proveer a las reclamaciones de bienestar de esa población. Hoy hay al menos 30 millones más de argentinos. Lo mismo vale para Brasil (de 54 millones en 1950 a 210 millones hoy) y México, de solo 25 millones en 1950 a 126 millones en la actualidad. Los demás países latinoamericanos muestran curvas de crecimiento de la población similares. 
A nivel subnacional, la Provincia de Buenos Aires, núcleo de casi todos los dramas argentinos recientes, tenía apenas 4,27 millones de habitantes en 1947; hoy supera los 17 millones. El Gran Rosario pasó de 485 mil habitantes en 1947 a 1,23 millones en 2010.
A veces, cuando ven el problema, los economistas señalan que la productividad ha crecido enormemente desde entonces, y es cierto. Pero también lo es que el consumo de energía y materias procesadas también lo ha hecho. Una familia de clase media popular argentina en 1950 habitaba en una casa de barrio con patio. No tenía otra fuente de calefacción más que leña y kerosene y se abastecía con una débil línea de electricidad, que alimentaba unas pocas lámparas de filamento, algún ventilador y nada más. No había en esa casa ni heladera eléctrica ni, claro, aire acondicionado, ni freezer ni los 4 o 5 electrodomésticos que hoy son casi reglamentarios. La casa familiar no tenía gas natural, del que había una red limitada al casco céntrico de las pocas grandes ciudades. Por eso la cocina a leña ("económica") era muy común en los barrios argentinos a mediados de los años 50 y la heladera de madera se enfríaba con una barra de hielo. Por supuesto, esta familia no tenía auto, ni soñaba con tenerlo. Iba al centro cada tanto en el tranvía. En resumen: el consumo de energía per capita era muchísimo menor al actual. Lo mismo el de materias procesadas, como metales livianos, hierro y aceros, aluminio, maderas elaboradas, etc. El plástico casi no se conocía. La "huella ambiental" de esa familia era mucho más leve que la de sus numerosos descendientes actuales. En otras palabras, hoy, en lugar de aquella sola familia, hay tres o cuatro que demandan muchos más bienes y generan un consumo de energía y materias procesadas muchísmo más alto.
Algún día este factor demográfico y ambiental decisivo deberá finalmente incorporarse al debate público para afrontar con madurez la totalidad del problema de déficit de bienestar que sufren nuestras sociedades. Falta hoy esta variable fundamental. Por dar un ejemplo que ocupa la cartelera de noticias a diario, el demográfico es un factor decisivo en el auge del delito violento común a todas las urbes latinoamericanas. Pero nadie lo menciona, ni siquiera de paso.   

viernes, 21 de junio de 2019

Argentina: la falacia popular del menú ideológico como "solución" a la crisis económica

La dinámica de la economía globalizada sigue sin detenerse, pese a Trump y su guerra tarifaria con China (aunque también amenaza a México, Alemania, Japón y el que se le ocurra cuando se levanta y entra a Twitter). Y esa economía internacional sigue sin detenerse, pese a que países  como Argentina y Brasil se empeñan en aplicar recetas del siglo pasado. El caso argentino es mucho más extremo y ya es visto como un mix entre la hecatombe del socialismo venezolano y el mero estatismo clientelar brasileño. 
Es que en Argentina reina la falacia del menú ideológico. Esta dice que el desarrollo económico y social solo es cuestión de elegir, de posiciones, de gustos, de ser de izquierda o de derecha, liberal o nacionalista, estatista o "neoliberal". Esta falacia del menú no resiste el menor análisis serio de los "datos duros" de la economía ni de la historia económica comparativa. Países tan disímiles como Corea del Sur, Singapur, Vietnam, Filipinas, Tailandia, Indonesia, Chile, Portugal, Irlanda, España, han logrado estabilidad, crecimiento y desarrollo _en distintos niveles y períodos_ con políticas económicas serias y persistentes. Después, las corrientes de inversión externas y los tenedores de ahorros domésticos deciden, de acuerdo a esas cualidades ofrecidas. No hay ningún Gran Hermano sentado en una botonera que define: este país será rico, este otro, pobre. Y si un país es "saqueado", es porque tiene una institucionalidad débil y no ofrece marcos de seguridad jurídica ni física a nadie, ni inversores ni ciudadanos comunes. La supuestamente soberana Venezuela es el más trágico ejemplo.  
En nuestro caso, no hay ninguna "conspiración antiargentina" ni cosa por el estilo. Si la Argentina mantiene una bajísima inversión desde hace décadas, es lógico que luego de 40 años sea superada ampliamente por Chile y Turquía, como reseñaba hace poco el economista Martín Vauthier. No se compara con Suecia o Canadá, como se ve, sino con otros integrantes del lote de los "emergentes" o naciones de "ingresos medios". Pero mientras en la poscrisis de 2008 los emergentes reconfiguraron su economía y pasaron con éxito de meros exportadores de bienes primarios a un mix de eso más consumo interno y, sobre todo, producción de servicios (terciario), Argentina se quedó mirando, estancada y sin crecimiento en las dos presidencias de CFK (2008/15) y con una inflación que no existía en el resto de mundo. Del macrismo, ya se sabe: fue pura "estánflación" y recién hizo una baja del gasto primario a partir de la debacle cambiaria de 2018 y de la tutela de FMI. 
Ahora, la inminente llegada al poder de personas de cierto realismo en esta materia, como serían los casos de  los peronistas todoterreno Pichetto o Alberto Fernández - este, acompañado por su amigo Guillermo Nielsen-, indicaría que el tiempo de la dura verdad ha llegado. La fantasía voluntarista del "gradualismo" macrista, es decir, de creer que el cambio de figuras de diciembre de 2015 actuaría como catalizador mágico de inversiones y que esto a su vez haría crecer tanto la economía que licuaría el peso del tremendo Gasto Público, ya se sabe cómo terminó. Del otro lado, el cristinismo ahora ahorra sus viejas retóricas demagógicas y se limita a dosificar acusaciones de "gobierno del FMI" y otras fraseologías sin ningún significado concreto. Más allá de que los "mercados" no le creen nada al cristinismo, y que su victoria llevaría a una fuga en masa de capitales y desplomaría aún más la inversión, es claro que a todos les cayó la ficha de que el país tiene un problema sistémico que no existe en los países con los que Argentina puede compararse.  Mientras Argentina acumuló otra década perdida, estos países acumularon más de 50% de crecimiento en ese mismo período. Contundente.   
Por las tensiones propias de una "macro" desequilibrada con presiones distributivas fuera de control, Argentina tiene hoy un 55% de inflación anual combinada con una recesión feroz. Ningún país está tan mal como Argentina, salvo Venezuela. El ya citado Brasil está sumergido en un estancamiento evidente, pero su inflación no pasa del 4,5% anual, algo que en Argentina es una utopía. La recesión y la pérdida de poder adquisitivo del salario y de las ganancias empresarias serían mucho menores con esa baja inflación, es evidente que no toda la recesión argentina es culpa de las supertasas del BCRA, sino del efecto disolvente de una inflación indexada, retroalimentada. Pero Brasil actuó a tiempo: cuando la inflación apenas superó el 10% anual con Dilma en 2015, la propia presidenta de izquierda inició su segundo mandato con un gabinete económico ortodoxo, liderado por el banquero Joaquim Levy. Este es un experto en ser defenestrado: de aquel puesto de ministro de Hacienda fue echado meses más tarde por el ala dura del PT, ahora le tocó ser echado del BNDES por Bolsonaro, a apenas seis meses de asumir. El hecho es que Brasil, que además tiene un mercado de capitales digno de ese nombre, frenó a tiempo la inflación. En 2006 Argentina superó ese umbral del 10% anual, pero reaccionó de manera opuesta: tapó la inflación. Néstor Kirchner mandó en enero de 2007 a Guillermo Moreno a destruir el Indec y desde ese año la inflación jamás bajó de los dos dígitos anuales. Luego, bajo las dos presidencias de CFK, el gasto público y los déficit fiscales y externos ahondaron el drama inflacionario. La economía no creció, mientras, como se dijo, los emergentes iban al galope: India, China, resto de Asia, pero también Perú, Chile, Paraguay, Uruguay, Bolivia. El cristinismo practicó un expansionismo de una irresponsabilidad que hiela la sangre del que se digne estudiarlo. Así que Macri hizo muchas cosas mal en este frente, pero es claro que el autor original de problema inflacionario es de apellido Kirchner.

Conviene volver al inicio: la falacia del menú ideológico como clave de lectura de la grave situación socioeconómica, como si se tratara de aplicar modelos "populares" vs "neoliberales" y allí estaría  todo el problema. Escuelas enteras de doctrina e historiografía descansan en esta ilusión. Esta falacia alcanza categoría de superstición popular en Argentina, llega al nivel de la creencia en el horóscopo, en los Ovnis o en las energías espirituales que se despertarían al ubicar los muebles del living en determinado orden. 
Pero la vida real indica otra cosa, como saben los economistas serios: solo prosperan las economías que tienen orden fiscal, un gasto público que no supere nunca un cuarto o un tercio del PBI, grandes estímulos a la inversión y a la reinversión de utilidades, pocos y buenos impuestos no distorsivos, etc. Estas medidas se combinan con las ventajas comparativas, cuando las hay: tierras fértiles, clima templado y un potencial enorme en hidrocarburos y minerales, en el caso de la Argentina. Otros no tienen esas ventajas pero juegan en la élite a fuerza de calidad educativa, ahorro y seriedad: Japón, Taiwán y Corea del Sur, por ejemplo. 
La receta de la buena economía para llegar al desarrollo es archiconocida, se la saben de memoria en todo el mundo, pero en Argentina se prefiere creer en el planteo maniqueo de la lucha entre el campo popular y la oligarquía. Como mucho, se esboza vagamente una explicación de puja distributiva de la riqueza entre una burguesía transnacionalizada, indiferente al destino nacional (Macri y sus amigos) y otra constituida por gremialistas e industriales pyme, que serían todos unos santos mártires. El caso es que si CFK ganase la Presidencia (bah, la vicepresidencia) y tuviera que poner manos a la obra, muy posiblemente debería ir al pie de China. Tanto por su rechazo visceral a EEUU y Occidente como porque estos proveedores de capital le darían la espalda. Cuando arribaran a Buenos Aires los técnicos chinos se sentarían a estudiar los números nacionales (salarios reales, competitividad sistémica, tasas de inversión y ahorro, además de los obvios nivel de Gasto y déficit fiscal y externo) y...darían un diagnóstico muy parecido, sino mucho más duro y ortodoxo que el de los tecnócratas del FMI, pero también de cualquier banco de inversiones o consultora empresaria. La técnica económica es universal, precisamente por ser técnica y no ideología o doctrina. Después de señalar que en China y toda Asia el salario real sube junto con la productividad y nunca por encima de ella, de enumerar las políticas para tener a raya la inflación pese a tratarse de economías acostumbradas a crecer entre 5 y 10% anual durante décadas, los visitantes exigirían un poco de seriedad y adultez a sus interlocutores argentinos. "Señora: se terminó la fiesta. Para ganar competitividad externa y tener dólares genuinos su país debe invertir, mucho y durante muchísimos años, siempre por encima del 25% del PBI, si es posible por arriba del 35%. Si no, olvídese de estabilizar y crecer. ¿Y qué hacemos con ese millón y medio de empleados estatales que se inventaron Ud y los gobernadores entre 2003 y 2015?".  Y antes de irse, probablemente agregarían: "Ah, además en China ya nos cansamos de pagar 300 dólares o más la tonelada de un alimento para pollos, así que vayan pensando en algo mejor que la soja".

martes, 30 de abril de 2019

Pedro Sánchez, el sobreviviente astuto: España en manos de un gran jugador de póker, cuando necesita un estadista

Pedro Sánchez ha logrado lo que ningún otro líder socialdemócrata logró en Europa, al menos entre las grandes naciones: recuperar a su partido y evitar que sucumba. El PS francés parece haber desaparecido junto con Hollande; el PD italiano, sigue en coma desde la caída de Matteo Renzi que abrió el camino al actual gobierno frankestein de La Liga y el M5E. El histórico SPD alemán, es el socio menor de Merkel desde hace tantos años que ha perdido su identidad, y no deja de retroceder en cada elección general. Sánchez parecía destinado a cumplir ese mismo periplo. Llevó al PSOE a su peor resultado electoral en 2016, y esto derivó en una revuelta de los coroneles socialistas que lo forzaron a renunciar en octubre de ese año. Pero al año siguiente con el voto de los afiliados volvió a ser secretario general. La suerte política de Sánchez está entramada con una serie de elecciones adelantadas que se iniciaron en diciembre de 2015 y llegan hasta el 28-A. Esa serie de elecciones terminaron, por esas carambolas de la política parlamentaria, con Rajoy despedido por Sánchez hace 10 meses. El jefe socialista armó entonces un Ejecutivo débil, sometido al capricho de los radicales catalanes. No pudo aprobar el presupuesto y optó por adelantar elecciones en lugar de agotar la legislatura, como era su plan original. Su mano derecha, Carmen Calvo, anunció que buscarán un gobierno en solitario, sin formar coalición con Podemos. El grupo de Sánchez siente que tiene "momentum" y piensa aprovecharlo. Desde el punto de vista político, es muy meritorio lo del líder socialista, que debe haberse comido el hígado crudo de aquellos interventores de la "gestora" que lo suplantó al mando del partido en 2016.
Ahora, la política es como se sabe de memoria a estas alturas, variable dependiente de la economía. Y acá Sánchez y su PSOE arrumbado a la izquierda saben que les "irá bien" si gastan dinero público y que si hacen ajuste les irá mal. El caso de Zapatero, popularísimo hasta 2007 y campeón de la España que crecía en una Europa aletargada, es clarísimo: el longilíneo ZP debió aplicar un duro ajuste ante la crisis mundial de 2008, que negó neciamente durante un año. Y ese ajuste le costó todo su capital político, que era muchísimo.Ha quedado como un político jubilado, que recorre el mundo para dar sus opiniones. Visitó Rosario el año pasado. Sánchez, muy joven aún para un secretario general y más para presidente de gobierno, no quiere jubilarse. Así que su corto primer gobierno fue generoso con el dinero público. Como el grueso del ajuste lo hicieron los antipáticos del PP (saneamiento de la banca y reforma laboral), y antes ZP (recorte de jubilaciones y suba del IVA), Sánchez cree que puede gozar de la etapa dulce del ciclo económico. 
Desde su círculo han sugerido un aumento de los impuestos. El razonamiento del socialismo es muy lineal: la carga fiscal en España está en 38,5% del PIB;  la media de Europa, en el 45%. Hay margen para subirlo, razonan, como si España y Holanda  o Suecia fuesen lo mismo. En tanto, los datos indican que el crecimiento de la economía española, que Rajoy dejó en el rango de 3% anual, se ha comenzado a frenar. Sánchez ha disimulado ese freno con inyecciones de gasto público. Pero Bruselas, o sea, la Unión Europea, exige bajar el déficit fiscal, de 2,4% de PIB. No parece mucho, pero es el doble de lo admitido por las reglas europeas. Y una seria reforma previsional es una materia pendiente y francamente impopular. Los jubilados españoles reciben mucho más de lo que aportaron. 
 Si dura, el segundo gobierno de Sánchez verá no pocas tormentas y su actual popularidad podría desvanecerse. Porque el dinero no crece en los árboles, y el estímulo de la economía exige reestructurar muchas áreas. El único bienestar legítimo es el que surge de una economía sana con un sector público equilibrado y que no sea agobiante. Una lección que a estas alturas todos los españoles deberían haber aprendido, no sólo el astuto Sánchez.   

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Las fotos y las catapultas

Las fotos se han puesto de moda. No las selfies, sino las fotos de políticos en grupo. Todos sentados en una sala luminosa y anónima. Todos sonríen y claramente posan. Sonríen y posan. Es que se los han indicado el fotógrafo y el asesor en comunicación política. Simulan a veces una conversación. De trabajo, faltaba más. A veces hay un jefe; ubicado en el centro mira más allá. Qué inspiración, qué visión, qué equipo, no se entiende cómo no los llama Angela Merkel a su gabinete. Otras son de pares. O no tanto, pero lo que varía es tanto el número como la procedencia. La estética y el mensaje es siempre el mismo.
Pero bueno, a qué viene esta catarata de fotos posadas? Parece que hay algo de lo que sigue: la oposición ha descubierto que no todo consiste en oponerse con el estilo algo violento y rústico de los bárbaros del siglo V. No todo es lanzar lanzas, flechas y disparar catapultas cargadas de piedras al enemigo sitiado, o sea, al débil gobierno, hasta que caiga muerto. Algunos objetan que el gobierno se acribilla solo, sin necesidad de asaltos bárbaros. Pero ese es otro asunto. El caso es que esa conducta bélica queda mal, les han explicado los asesores, los especialistas en comunicación política, esos sumos sacerdotes forjados en charlas TED y dirección de focus group. El objetivo militar del asedio, el derribo y conquista, no resulta fotogénico, es inconveniente para la campaña que se avecina. Dicen incluso que no sería ético. Estos asesores son gente exótica, además de cara. 
Así que los jefes bárbaros dejan por un rato el asedio. Se pacta un armisticio, que puede durar dos horas, dos días o hasta dos semanas, todo depende de cómo vayan las cosas, es decir de qué le saquen al gobierno a cambio del alto del fuego temporal. Además sirve para reparar las catapultas y reponer las flechas. Los jefes de los bárbaros aprovechan para bañarse, afeitarse y hasta peinarse. Luego se visten de traje completo, con corbata incluida. Es que hay que hacer la bendita foto. La foto es la señal enviada a las clases medias. Debe ser de grupo. Pueden ser cuatro los fotografiados, pero también se han visto de 11, casi una docena completa. Todos, y esto es conditio sine qua non, deben sonreír como si acabaran de ganarse la lotería de Texas. O, lo que es todavía mejor, las elecciones presidenciales de 2019. En algunas fotos se pacta la igualdad entre los trajeados. En otras, hay un líder, fotogénico como galán mexicano, en el centro. Los demás son su equipo, que lo mira embobado por, se supone, sus sublimes palabras. Lástima que las fotos no tienen audio así que se pierden esos sensacionales pensamientos del líder con madera de presidente. La luz asimismo debe ser perfecta, la composición también, como en un cuadro del Renacimiento, o mejor del Barroco, más abigarrado en materia de grupos, luces y gestos. 
Es así como se ha puesto de moda la foto política. El mensaje a las clases medias sería este: nosotros también somos centristas y educados como uds desean. Somos los jefes de los bárbaros que asedian al gobierno que uds votaron, es cierto, pero miren qué civilizados que somos. Algo así habrán tramado los longobardos al invadir el norte de Italia, uno imagina. Luego de la sesión y de alguna votación en el Congreso que al gobierno le sale más cara que una central nuclear china, los señores dan una orden muda, con un leve movimiento de cabeza. Y sus huestes retoman las armas. Las tropas de asedio, frescas y repuestas, vuelven a su dura rutina bélica. 

viernes, 31 de agosto de 2018

Berlinguer, el comunista burgués. Una semblanza a propósito de los 40 años de la Primavera de Praga

Esta columna resultará algo extraña a los ojos de un liberal clásico. Advertencia hecha, paso al tema que me interesa. Los compañeros de vida y militancia de Antonio Gramsci, los comunistas italianos que estudiaron su obra de primera mano, sabían a partir de 1945 de tener que enfrentar una lucha cultural con un campo católico y otro liberal muy fuertes en Europa  por entonces. Resaltaba la escuela del liberal Benedetto Croce, filósofofo que tanto pesó en la formación y visión del propio Gramsci, además de la constelación de pensadores católicos, de enorme vigencia en la posguerra. A partir de esta realidad política y cultural de la época y de aplicar los conceptos centrales de Gramsci, los comunistas italianos daban la batalla como una partida de ajedrez de larga duración. Esta gimnasia política y cultural talló figuras de gran estatura, comenzando por Togliatti, editor de su amigo Gramsci. La gran paradoja es que esa lucha por la hegemonía cultural la ganaron casi por completo los comunistas italianos... pero cuando ya perdían la pelea de fondo. De esta paradoja _que revela que el concepto central de Gramsci, el de hegemonía, no era de vigencia absoluta, todo lo contrario, estaba subalternizado a la economía y a su "rendimiento" en términos de creación de bienestar_ nace el "eurocomunismo", el gran hallazgo de Enrico Berlinguer al inicio de los 70 para mantener una vigencia del PCI de otra forma inexplicable. El eurocomunismo era la admisión más o menos abierta de que comunistas ya no se podía ser en la Europa democrática de la Economía del Bienestar y ante el carácter indisimulablemente represivo y totalitario de la URSS, ratificado de la manera más brutal por la represión de la Primavera de Praga. En paralelo, Berlinguer desarrolla la estrategia de acercamiento con la Democracia Cristiana, al menos con su ala izquierda. Fue el "Compromiso histórico" una estrategia de alianza política y de clases según el concepto de "bloque histórico" de Gramsci. ╠

En suma, el acto de repudio del modelo soviético que fue el "eurocomunismo" llegó así, paradójicamente, en plena cuasi hegemonía cultural del PCI. Una hegemonía en serio: una franja clave de la multitudinaria clase media y casi toda la numerosa clase obrera de entonces, tributaban electoralmente al PCI berlingueriano. Gracias a esto, el PCI lidió casi de igual a igual con la gobernante Democracia Cristiana durante más de una década, forzándola a ampliar su coalición a partidos de centro y luego al socialismo de Bettino Craxi, con el que debió compartir el poder en serio hasta el final de la "primera República" por Mani pulite, a partir de 1991-92. Mientras, en el resto de Europa los PC decaían y eran sustituidos en la preferencia electoral por los socialistas, como ocurrió en Francia con el largo reinado Mitterrand desde 1981 y en España con el PSOE a partir de 1977/1982. Aunque no logró nunca la dirección de la sociedad que establece el concepto gramsciano de hegemonía (del que Gramsci da un ejemplo cabal con los moderados franceses en el siglo XIX),  esta cuasi hegemonía de la "sinistra" sí que alcanzó a imponer a amplios sectores sociales una visión del mundo, las categorías de análisis para comprender lo que ocurre. Como hacian esos moderados franceses un siglo antes. Esa construcción de las categorías con que se ve el mundo y la vida social, esa materia sociológica y cultural, la tenía la "sinistra" que giraba en torno al PCI de Berlinguer. Logro político/cultural que tan notoriamente no alcanzó nunca el liberalismo contemporáneo, como se observa con contundente claridad en Argentina. 
(Las fallas del liberalismo actual son visibles: salta de una filosofía de Popper, Locke y, bueno, Ayn Rand, a la economía pura sin transiciones y rellena lo demás con valoraciones de nulo rigor. Falta  una sólida sociología política, que el liberalismo no tiene. Tampoco cuenta con una legión de escritores, de novelistas, esa figura tan influyente en el siglo XX. La soledad de Vargas Llosa es elocuente. Una flaqueza que hace aún más ardua la de por sí difícil penetración del liberalismo en los ámbitos académicos, tan proclives a la izquierda, aunque más no sea por inercia y pose. Por cada politólogo de cierto nombre que se considera liberal debe haber tres docenas que se posicionan en las diversas izquierdas).


Volviendo a la Italia de los años 70, una recorrida por los manuales de literatura usados en la secundaria de la época sirve de ejemplo, entre muchos posibles, de esa hegemonía cultural. También vale observar el vocabulario utilizado ampliamente por el periodismo "burgués", o sea, por todo el periodismo salvo sus franjas extremas. Lo mismo ocurría en Francia, posiblemente en grado aún mayor, pero el PCF se hundía por su falta de renovación y lucidez. En cambio, en Italia, el gran éxito "burgués" de Berlinguer fue precisamente su "arrastre" en las urnas, una clase de victoria que para un comunista duro, stalinista-castrista, sólo merecía el desprecio. El "eurocomunismo" era para ellos lisa y llana traición a la URSS aunque fuese una aplicación del gramscismo. De hecho, la cúpula de la URSS amenazaba con romper el PCI para respaldar a los ortodoxos, y con esta amenaza refrenaba el impulso reformista de Berlinguer.

La compleja ambiguedad de la figura de Berlinguer es por todo esto fascinante. La vieja guardia no lo podía ver, pero su victoria interna era inevitable, mandatoria para acomodarse a un tiempo nuevo que rompía con la tradición stalinista después de las invasiones sangrientas de Hungría y, sobre todo y fundamentalmente, de Checoslovaquia (agosto de 1968: hace 40 años). En pleno 68, esta bestial represión militar llevó a la ruptura del PCI con los PC ortodoxos y al congelamiento de las relaciones con la URSS. El PCI de Luigi Longo, en el que Berlinguer era el número dos, usó la expresión "grave disenso" en la tapa del diario partidario L'Unitá para condenar la represión de los tanques de Brezhnev. Hoy suena eufemístico, entonces fue un punto de rotura. También hubo una crisis interna que derivó en la ratificación de la línea amiga de los comunistas reformistas checos de Dubcek y su Primavera de Praga, aniquilada en sangre, y, por otro lado, a la creación del grupo Il Manifesto, que al contrario que Berlinguer, veían en Praga la necesidad de radicalizar el comunismo y la lucha al capitalismo y criticaban a Dubckek por "socialdemócrata", o sea, por procapitalista. Los efectos de Praga y de este viraje socialdemócrata, reformista y ciertamente "burgués" del mayor partido comunista de Occidente se produjeron, combinados con el Mayo Francés, sobre toda la izquierda italiana: el hecho de que se mostraran ya sin velos la realidad del Gulag y los tanques aplastando estudiantes no permitió los eufemismos y silencios de 1956. Pese a las grandes limitaciones técnicas de los medios de comunicación de entonces si se los compara con los actuales.

Una situación, aquella del 68 italiano, que remite al apantallamiento de la represión chavista en 2017 y en 2018 a la sandinista en Nicaragua. Que, por ese desarrollo exponencial de los medios de comunicación resulta aún mucho más ardua y obscena. La reacción de una clase dirigente aún comunista pero ya democrática fue la opuesta al negacionismo que hoy muestra en bloque toda la izquierda latinoamericana ante la stalinización explícita del chavismo. En la Europa de 1968, los hechos de Praga avivaron _ante la imposibilidad casi ontológica de dejar de ser de izquierda_, la huida hacia adelante que representaron el grupo Il Manifesto, el maoísmo universitario (una generación que miraba con profundo desprecio a la URSS y al PC) y que poco después derivará en el guerrillerismo falsamente proletario de los años 70 italianos (que no fueron solo las Brigadas Rojas, sino decenas de otros grupos terroristas salidos del estudiantado universitario). Este marxismo radical ya no prosoviético era un camino sin salida alguna, como bien sabían Berlinguer y su círculo. En el caso de los intelectuales con cátedra de prestigio y de la burguesía culta de izquierda, se trataba más que nada de un elegante juego de salón; en el caso de los estudiantes, de un rito de iniciación que se acompañaba de tomas de universidades y colegios secundarios. Un mundo y una época que Nanni Moretti retrató desde adentro en sus películas juveniles. Pero el socialismo real como modelo había muerto, y el grupo dirigente del PCI de Longo y Berlinguer lo tenía clarísimo, mientras en América latina se le siguió haciendo el "aguante" a la burocracia criminal del PCUS hasta 1991. Los "eurocomunistas" se anticiparon 20 años a Gorbachov. Como Dubceck en Praga. En 1989/90, el PCI dejaría de ser tal y pasaría a llamarse Partido de la Izquierda Democrática, PDS. Berlinguer había muerto inesperadamente en 1984, pero sin dudas hubiese estado al frente de los reformistas de su partido.