miércoles, 16 de septiembre de 2026

Debate económico nacional: ¿y si prueban con Marx?




 Esta columna de opinión la publiqué en el diario La Capital en febrero de 2024. Como analiza cuestiones de fondo, estructurales, no ha perdido vigencia y por ello la reproduzco aquí con algunas actualizaciones sobre la gestión Milei. 

El debate económico y programático argentino es eterno, repetitivo, circular, como las crisis que afectan al país desde hace muchas décadas. El clásico keynesianos vs. liberales cansa de tan reiterado y remanido. Se suma la variante reciente, en la que los tradicionales neokeynesianos fueron reemplazados por economistas populistas y los liberales clásicos por “libertarios”.

No se puede decir que haya sido un cambio enriquecedor, al contrario. Pero el hecho es que las generaciones de economistas pasan pero el fondo del debate es siempre el mismo. ¿Más Estado y regulaciones o menos y más libertades de mercado? Nunca o casi nunca se discute más allá de eso, o sea del fondo del asunto.

Porque ¿y si Argentina no falla sólo por el peronismo, el antiperonismo o por cualquier otra razón de idiosincrasia nacional, como sobreentienden todos estos economistas, sino que lo hace porque estructuralmente tiene un límite estrecho, un techo bajo? En general las argumentaciones que se recuestan sobre las “caracteriologías nacionales” (Sebreli) son erradas y de nulo valor científico. Las del peronismo/antiperonismo como si fuera la “condición humana argentina” caen plenamente en esta categoría.

El choque real, en tanto, se produce entre unas exigentes demandas de consumo y calidad de vida de gran parte de la población, demandas heredadas de padres a hijos desde los tiempos en que el país tenía una importante riqueza, de un lado, y de la otra una economía muy limitada. Que sufre por ejemplo de unos mercados financieros acotadísimos, “sin profundidad” como dicen los expertos. La proporción entre tamaño de la economía y crédito bancario es ridículamente baja. En 2021 el ratio entre préstamos bancarios y Producto Bruto Interno (PBI) fue de apenas 8,5 %. Para comparar, en Chile los préstamos bancarios sumaron en 2022 el 112,8% del PBI. Un abismo.

La economía argentina, sin caer en desequilibrios insostenibles como los ejercitados por el peronismo kirchnerista, sólo puede proveer de esos bienes a una parte limitada de la población. “Apretar el botón” del consumo ha sido una receta de corto plazo muy repetida en este último ventenio. Pero el consumo sin alta inversión es sinónimo de inflación y esta, a su vez, de crisis. Las “tasas chinas” que tanto citaba Cristina en sus cadenas nacionales estaban fundadas en consumo estimulado por inyecciones de dinero sin respaldo, no por inversiones como ocurría en China.

Este límite intrínseco es un problema que al parecer los economistas de las escuelas en pugna no estudian, o al menos no lo hacen en el debate público. Nacional-populistas, heterodoxos y liberales y libertarios ocupan el ring mediático desde hace décadas sin plantearse seriamente el problema.

Como se dijo, durante la larga era K los tradicionales neokeynesianos socialdemócratas fueron sustituidos por una ola de economistas explícitamente populistas formados en las usinas académicas surgidas al calor del poder político y del dinero estatal. Bajó visiblemente el nivel con esta nueva generación, poco dotada del sentido de los matices y la sutileza y sin capacidad de profundización. Lo que llegó del otro lado tampoco fue bueno: los viejos liberales hicieron mutis forzados por la biología y llegó una tropa de malos modales. Entre ellos, el hoy presidente Javier Milei. Con los nuevos libertarios, el liberalismo dejó atrás reglas básicas de educación y no se dio una formación cultural completa, como debe tener un economista en tanto es un intelectual.

El economista e historiador marxista Damián Bil sí ha pensado y escrito sobre los graves límites de fondo que afronta la Argentina: es por ello una rara avis, poco convocado por la chata televisión argentina. Dice: “La estructura de la economía argentina tiene una serie de dificultades vinculadas a su tamaño y al momento en el que ingresa en el capitalismo mundial. Es un capitalismo chico y es un capitalismo tardío. Es un capitalismo de una escala menor, porque tiene un mercado interno reducido, tiene mayores costos, los capitales que acumula en el mercado interno son menos eficientes que los que marcan la productividad media en el mercado mundial, y es tardío porque ingresa al mercado mundial cuando ya la mayor parte de las ramas industriales están desarrolladas a una escala planetaria” (https://www.infobae.com/2015/12/26/1779127-la-economia-argentina-se-queda-corta-escala-y-necesita-incorporarse-un-cuerpo-mas-grande/).

 Un diagnóstico difícil de rebatir y que, al contrario, la historia económica argentina ratifica casi punto por punto. Pero también es difícil de aceptar y de ahí tal vez la relativa marginación de Bil.

Las consecuencias de estos límites las vemos y sufrimos todos. La Argentina no tiene grandes perspectivas de superar la “mitad de la tabla” de las economías emergentes. Luego de ordenar el caos que dejó el último gobierno peronista, Milei se plantó en un modelo que  hoy, septiembre de 2026, muestra a los gritos sus límites. Crecen fuerte los sectores primarios (agro, hidrocarburos (Vaca Muerta) y despega la minería, mientras industria, comercio y construcción se mantienen postrados. Se aplica al mismo tiempo un cambio estructural al mercado laboral: bajan los empleos de calidad y suben los precarizados. Pero tanto con el modelo caótico peronista como con el orden libertario, Argentina sigue en la “trampa del ingreso medio” de las naciones emergentes. Y es claro que Milei y su fiel ministro Sturzenegger no tienen en mente un país desarrollado, socialmente desarrollado, sino un más parecido al Perú. De ahí que hoy esté en duda la continuidad de Milei en 2027. Su base electoral se estrecha ante la oferta de sociedad que propone. 

En todo caso, no hay salida a un estancamiento que dura generaciones, más allá de subidas agudas y efímeras, seguidas de caídas brutales, o de estabilizaciones con pauperizaciones visibles de la antigua clase media, al parecer ya resignada a vivir mucho más pobremente que hace pocos años.

La falacia de Milei y asociados consiste en prometer en el discurso de campaña lo que no está al alcance del país. Pudo estabilizar y sacar al país de la inflación paroxística en el que nos metió el kirchnerismo. Pero no podrá transformar a la Argentina en una nación desarrollada como promete -o prometía- en su exaltada imaginación. Australia e Irlanda quedan cada vez más lejos, mientras se acercan Perú y, con mucha suerte y muchos años de esfuerzo, Chile. Lo de ser una sociedad desarrollada queda para un futuro lejano, difuso. Para otra vida. 

Pero en el debate económico de estos años y para prometer falazmente ese futuro, los economistas liberales siempre evocan la era dorada de la Argentina que construyó la Generaciòn del 80 y que duró más o menos hasta 1930 y después, con sucesivas caídas, hasta los años 70/80. Lo proponen como modelo a retomar, como si esto fuera solo una elección y así volver a la Argentina que "era la economía número uno del mundo en PBI per cápita”, según exageran. Ese país tenía 8/10 millones de habitantes y los excedentes que dejaba “el campo” eran enormes, muy superiores a los de la soja actual. Los salarios eran altos en un país con mano de obra escasa y recursos abundantes. La economía primaria sostenía holgadamente a los servicios y la pequeña industria de la época. Y sobre todo el país tenía un cliente de lujo: la primera potencia mundial, Gran Bretaña. Esto cambió con la Segunda Guerra Mundial y el país se quedó sin ese comprador millonario. Y esto pasó con independencia del cambio de modelo económico que trajo el peronismo a partir de 1945-46. Un punto clave que rompe con la explicación simplista y maniquea de los liberales. Con o sin peronismo la decadencia hubiera llegado igual, porque el país se quedó sin un cliente de oro y sin siquiera buenos clientes de sus productos estrella. En los 60s, Europa le cerró su mercado a las carnes argentinas con la excusa de la fiebre aftosa. Cierto, con una administración seria de la economía la caída hubiera sido mucho más llevadera, pero los reclamos de los insatisfechos hubiesen llegado igual y desestabilizado el sistema político. Perón es un síntoma, no una causa. Punto esencial que los liberales de todos los niveles y cualidades olvidan, demostrando una estolidez intelectual preocupante. 



Cuando Argentina elige a Perón, este fuerza sin disimulos la maquinaria de la economía nacional, haciendo que la inflación alta sea una constante a partir de 1946. En su defensa se puede decir que ya antes se había dado el viraje proteccionista e industrialista, con diseños tomados de las economías corporativas europeas de la década del 30. Pero este modelo corporativo se llevó al extremo desde 1946 y a partir de ahí los desequilibrios se hicieron crónicos (esta es la fortaleza histórica de los liberales). La inflación no se fue nunca más y, al contrario, se fue acentuando. En 1975, con el Rodrigazo, dio otro salto y la Argentina pasará los próximos 16 años en alta inflación con dos o tres picos de “híper”. Como se sabe, la Convertibilidad fue un paréntesis que duró solo 10 años. Desde 2002 y hasta hoy el país está de nuevo en su condición “normal”, o sea con inflación alta y con el comercio internacional muy cerrado e intervenido durante casi todo este largo período. Hasta que estalló definitivamente este modelo en 2018, la mayoría estaba a gusto con él (las elecciones de 2019, con el categórico triunfo de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, indican una voluntad colectiva irrealista por volver a un pasado ya irrecuperable).



La razón de fondo de esta crisis crónica que recorre gran parte del siglo XX argentino y todo lo que va del XXI es la que marca Damián Bil: “El sector no agrario, que no soluciona sus déficits, va ejerciendo una presión cada vez mayor sobre el sector agrario, que no alcanza a sostener al resto de la economía... la agricultura, que era la rama central del comercio mundial a comienzos del siglo XX, empieza a perder peso en la economía mundial al desarrollarse las producciones industriales. Un país que no se inserta en otras ramas productivas, un país que depende de una sola producción competitiva, verá su economía achicarse”. De paso: el ensayo de Bil "Mala cosecha" su tesis de doctorado, es un libro importante para entender el pobre desempeño de la economía argentina cuando va más allá de la producción agropecuaria. Su subtítulo es didáctico: "La industria de maquinaria agrícola y los limites del capitalismo argentino (1870-1975)". Ediciones RYR

Así, el desvío entre las demandas de consumo y bienestar de la población y las reales y muy limitadas posibilidades de su economía –sin inyectarle “testosterona” inflacionaria– son la causa de fondo del drama nacional. Un buen índice de esta dicotomía se da en un fenómeno muy argentino: la disociación entre el porcentaje de población que se percibe de clase media y el que realmente lo es por ingresos. Aunque hoy, en 2026, la cruda realidad del ajuste libertario y de la previa debacle del modelo populista peronista, hacen que cada vez más personas desistan de esta ilusión.


 Pero ni liberales ni populistas ni neokeynesianos están dispuestos a aceptar estos límites intrínsecos al desarrollo. El análisis marxista de Damián Bil provee entonces de un instrumento analítico útil y que es independiente de los grandes aparatos políticos y de los grupos empresarios dominantes. Hoy, en septiembre de 2026, con el modelo libertario en pleno desarrollo, queda claro que las élites han decidido acompañar a Milei en su programa de abrir la economía, cortar el déficit fiscal y reformar el Estado. La desindustrialización galopante es el resultado más visible y dramático del plan Milei. La restricción monetaria y el "dólar atrasado" son las dos herramientas que aplica Milei para mantener a raya la inflación, que sin embargo está lejos de ser domada. Esta receta recesiva (más allá del crecimiento del sector primario), mantiene un apoyo todavía mayoritario pero visiblemente decreciente, como se observa en encuestas y sondeos y en el humor social, "la calle". De allí la reciente iniciativa "malvinera" de Milei, sin dudas un síntoma de su preocupación por la ya no descontada reelección en 2027. 

Un señalamiento tardío al esquema explicativo de Bil: la industrialización de China y en general de Asia deja atrás el modelo de las "naciones industrializadas" reunidas en el G-7, gremio hoy definitivamente opacado por las potencias asiáticas. El esquema que él describe tan bien hoy ya no está vigente o está en franca retirada. Las industrias se trasladaron a China desde los años 80/90 y hoy esta nueva globalización asiática, tan diferente a la de los años 90, pone en crisis como nunca a la endeble industria argentina: desde los textiles con las compras online en Temu y Shein al desembarco de los autos chinos, contra los que las marcas tradicionales europeas y americanas radicadas en Argentina y Brasil no pueden competir.   

miércoles, 13 de mayo de 2026

Más allá de Milei. La Globalización asiática impone decir adiós a la clase media argentina

Desembarco de autos de la fabricante china BYD en Zárate en enero de 2026. 

El problema que nadie pone sobre la mesa en el debate público argentino es que no hay modelo de desarrollo económico, sea de izquierda o derecha, liberal, neokeynesiano o populista, que sea viable en la era de la Globalización asiática. Esta etapa de la globalización condena a la Argentina a ser un proveedor más de bienes primarios y como mucho sumar algo de "economía del conocimiento" y servicios en torno a esa economía primaria: finanzas, un poco de turismo, no mucho más. A diferencia de Brasil, sociedad donde nadie se plantea seriamente alcanzar el desarrollo (el PT de Lula está visiblemente conforme con lo que hizo desde 2003), la sociedad argentina todavía reclama volver al bienestar "clasemediero" de tiempos ya muy remotos. Por algo el presidente Milei invoca repetidamente que si confían en él por muchos años llevará a la Argentina al nivel de Irlanda, como mínimo. El sueño igualitario sigue vivo en la Argentina, que insiste en verse como una sociedad de clase media cuando la nueva realidad mundial no permite recrear esa geografía social, propia de mediados del siglo XX. 

Planteado el fondo del asunto, veámoslo con más detalle. Milei propuso de entrada un modelo de economía abierta sometida a un proceso darwinista-schumpeteriano que, efectivamente, se está dando a la vista de todo el país (cerraron unas 26 mil empresas desde que llegó al poder en diciembre de 2023). Aún con un giro pragmático en los próximos meses por la campaña para la reelección en 2027, Milei no negociará su modelo de economía abierta y ajena a la industria (cerró la Secretaría de Industria en 2025). La oposición peronista y no-peronista condena esta apertura pero no presenta un serio programa económico alternativo y se esfuerza por destacar que, de llegar a gobernar, respetará el superávit fiscal mileísta. Ante el laconismo opositor, hay que imaginar que sería un plan más matizado, con menos apertura o ninguna. En el caso del peronismo kirchnerista que encarna Axel Kicillof, seguramente invocará el modelo brasileño de Lula y el PT, pero con agregados del economista anticapitalista que es. Brasil mantiene su economía cerrada y registra un crecimiento mediocre pero sostenido. Pero Brasil no se plantea un salto social cualitativo y ambicioso hacia el desarrollo,  nadie lo hace en Brasil ni la sociedad lo reclama, por esto ese crecimiento mínimo no causa malestar ni reclamos serios. Lula, que llegó a la presidencia en enero de 2003 y con intermitencias se mantiene allí, está conforme con lo logrado en estos 23 años. Si bien en sus primeras presidencias Lula lanzó el eslogan de multiplicar a "la nueva Clase C", o sea la clase media más baja de la escala, este impulso se perdió con la crisis de Dilma y Lula en su actual presidencia no puso este discurso de ascenso social limitadísimo en su agenda. En esas dos décadas largas Brasil nunca amagó realmente con iniciar el camino al desarrollo, algo mucho más importante que engrosar la clase media baja (por ingresos, nada más), proyecto que debería verse sustentado en tasas de crecimiento muy altas y sostenidas a lo largo de muchos años. Brasil tuvo dos años de buen crecimiento en pleno auge mundial de los bienes primarios (2007, 5,4% y 2008, 5,1%, y un rebote de la crisis financiera mundial en 2010, 7,5%) luego en los años 2010 y 2020 nunca tuvo ciclos de crecimiento alto y sostenido). Antes tampoco. El trasfondo histórico-social igualitario de Argentina nunca existió en Brasil ni en el resto de América latina, salvo en Uruguay y Chile, pero no en el nivel observado en Argentina. 

Más allá de esta diferencia Brasil deberá revisar igualmente su modelo de economía cerrada. Ocurre que la Globalización asiática está dejando fuera de juego los esquemas proteccionistas de sustitución de importaciones. Un termómetro clave, acá y en Brasil, es la industria automotriz integrada de ambos países. El modelo vigente se construyó en los 90, entre Menem y Cavallo en Argentina y el gobierno de Fernando Henrique Cardoso en Brasil, hecho a la medida del Mercosur y pensado para actualizar el modelo industrial original de los años 50 y 60. Funcionó bien durante 30 años, pero hoy esa industria afronta un futuro muy difícil. Trata de reconvertirse para adaptarse a las agresivas automotrices chinas.  

La industria automotriz argentina está históricamente asociada al país de la clase media y de una clase obrera industrial calificada, es decir, al relativo desarrollo y bienestar que mostraba la Argentina en los años 50, 60 y 70 y en menor medida en los 80, 90 y 2000. Hoy esta industria enfrenta un ocaso tal vez definitivo o una reconversión tan drástica que dejará de ser lo que fue durante esas décadas.

Un panorama similar o peor se observa en otras industrias. Es que los competidores en todas las ramas de la industria, no son, como en los 90, Alemania, Francia, Italia, EEUU y Japón, países con altísimos salarios industriales, sino China y sus países asociados o satélites, todos con salarios muy bajos e hiperflexibilización de las condiciones de trabajo. Por esto, lo que le ocurre al rubro automotor argentino le ocurre a casi toda la industria argentina liviana o de consumo: textiles, electrónica, bazar, cosméticos, relojes, etc. Pero, y este es un punto decisivo, no se trata solamente de un problema causado por el anómalo Milei y su exótico dogmatismo austríaco, como afirman Axel Kicillof y no pocos neokeynesianos. Es algo mucho más permanente, de fondo y que Argentina padece pero en modo alguno controla,  ni tampoco puede enfrentar. Sí podría un gobierno "normal" matizar esta ola de importaciones a precios imbatibles, pero nunca volver al pasado de la añorada "Industria Argentina".  

Vale analizar el caso de Axel Kicillof, hoy el más firme precandidato presidencial del peronismo para 2027. Su eventual Presidencia dejará de lado las "relaciones carnales" que tejió Milei con los EEUU. Pero esta medida solo aumentará la dependencia internacional argentina de China y en términos diplomáticos de los BRICS, gremio en el que Pekín lleva la batuta. ¿Cómo hará Kicillof para negarse a las exigencias de "libre comercio" que le hará Xi Jinping cuando su dependencia financiera y comercial de China será mucho mayor que la actual? ¿Cuando es evidente que, ante la salida masiva de capitales y ahorros privados que causará su llegada al poder, deberá ir a rogar a Pekín un aumento muy importante del préstamo en formato "swap" vigente desde tiempos de Cristina Kirchner? Es obvio que ni EEUU, con Donald Trump y Scott Bessent, ni el FMI con la comprensiva Kristalina Giorgieva, estarán dispuestos a abrir nuevamente sus bolsillos si Kicillof está en la Casa Rosada.

Formulado el núcleo del asunto, vale revisar las causas de una posible derrota de Milei en 2027. El actual deterioro de la  figura presidencial en todas las encuestas tiene relación directa con su programa económico y no solo con los sucesivos escándalos de corrupción de su círculo más cercano (hoy es Adorni, ayer ANDIS, antes $Libra, etc). Es que el modelo económico libertario apuesta a desarrollar solo el 20/30% de las actividades que conforman el PBI argentino. Minería, hidrocarburos y agro, o sea los bienes primarios, son el tridente que entusiasma a Milei y su equipo de economistas (todos ellos vienen de Finanzas, ni uno de la "economía real"). Y efectivamente esos sectores van viento en popa bajo el gobierno de Milei. Pero no producen mucho empleo y por lo tanto no impulsan el consumo. Fue sintomático que prácticamente al mismo tiempo el Indec anunciara un crecimiento del PBI de 5,5% interanual en mayo de 2026 y una consultora privada, Scentia, consignara una caída del consumo masivo de 3,8% interanual en abril. Es rarísimo que el PBI crezca tan fuerte y el consumo caiga al mismo tiempo. El contraste se explica porque las ramas de actividad que generan trabajo y consumo retroceden mientras el PBI crece gracias a esas ramas de actividad primaria, generadoras de muy escasos empleos. Según el Indec, en abril de 2026 industria y construcción registraron una caída interanual de 2,8%. Además, a Milei la "micro" no le interesa, dice que es asunto de los empresarios, que él se ocupa de la "macro" y de la política financiera. Por eso cerró en 2025 la Secretaría de Industria y no hay en su gabinete económico ningún experto en industria, como era Dante Sica, secretario del ramo con Mauricio Macri. Por estos rasgos tan marcados, el programa económico puede llevar a Milei a la derrota electoral, en especial cuando insiste en aplicar la vieja receta del atraso cambiario para combatir la inflación, algo que multiplica los efectos de la apertura comercial (el economista Miguel Kiguel recuerda que Néstor Kirchner mantuvo la apertura del comercio exterior de la Convertibilidad pero con un tipo de cambio mucho más alto, lo que llevó a una recuperación económica generalizada, transversal). 

Pero, de nuevo, se trata de matices, no de la cuestión de fondo. Como vimos Kicillof o quien sea el candidato competitivo de la oposición en 2027 no tiene alternativas reales a la vista. A Milei lo acompañó hasta ahora una resignación general, pero ese sentimiento se está terminando rápidamente segun registran todas las encuestas. Las buenas noticias de junio 2026: caída del riesgo país, de la inflación (2.1% mensual en mayo), aumento de las reservas internacionales y aumento del valor de los activos financieros no alcanzan o no son perceptibles por el público general, o sea por la enorme mayoría de los votantes. Si en la segunda mitad de 2026 y sobre todo en 2027 no hay una fuerte recuperación de la industria, el comercio, la construcción y por tanto del consumo, Milei afrontará una campaña electoral muy cuesta arriba. El problema es, como vimos, que su programa no contempla ocuparse de estos menesteres, más allá de que seguramente surjan medidas ad hoc para afrontar la campaña.




En resumen, y más allá de los dogmatismos de Milei, la Argentina que conocemos, la de la clase media (aún cuando sea una clase media golpeada y postergada por las sucesivas crisis económicas nacionales), no tiene lugar en el mundo que están construyendo China y las demás naciones asiáticas que lideran la nueva Globalización, a la que quiere acoplarse Milei aunque de la mano de los EEUU de Donald Trump. El teatral alineamiento de Milei con Trump contrasta con un hecho poco informado: el viaje del presidente del Banco Central, Santiago Bausili, a Pekín a negociar la renovación del "swap", que vence por estos días. 

 Con la actual pauperización con apertura comercial, Argentina observa cómo se apaga la clase media que conocimos hasta ahora, demasiado numerosa y con estudios que ya no sirven para este nuevo escenario económico que plantean la combinación de Asia y el aperturismo de Milei. Por eso el empobrecimiento es acelerado, tan visible; la clase media se desintegra para integrarse a las clases bajas. Lo que quede de ella será mucho menos numeroso y menos determinante en formar el temperamento sociopolítico, el ethos y el pathos de la sociedad argentina. Figuras políticas como Alfonsín, De la Rúa, Cristina Kirchner y Lilita Carrió expresan perfectamente ese poder de la clase media para configurar la política nacional. Pero ahora llega la época de "Mi hijo el rappi", un reemplazo pauperizado de aquel "M'ijo el dotor" del modelo de ascenso social hasta hace poco más o menos vigente. En la Argentina de Perón, Frondizi, Illia, si el hijo del inmigrante europeo no era "doctor", al menos era empleado bancario. Con casa propia. Con Alfonsín, Menem y los Kirchner ese perfil tan neto de ascenso social se sostuvo pero se fue empobreciendo. Pero la identidad cultural de la clase media y su presencia política se mantuvieron intactas. Hoy, en cambio, la universidad dejó claramente de ser aquel camino seguro de ascenso social y muchos recomiendan a los jóvenes formarse como electricistas o plomeros antes que como médicos o abogados, los "doctores" de antaño. La "facultad" sigue siendo un lugar de socialización y construcción de la identidad juvenil, pero ya no es la institución que da una formación con segura "salida laboral" como lo fue durante más de un siglo. 

Así las cosas, si Milei dejara la Casa Rosada el 10 de diciembre de 2027 para que ingrese Axel Kicillof, el problema de fondo no cambiaría en nada. No hay forma de conciliar el modelo social argentino igualitario de clase media con la realidad económica mundial actual, en la que las economías del decadente G-7  -Europa, Japón, Canadá y EEUU- ya no tienen el rol protagónico ni imponen el modelo social a seguir. La versión argentina de ese modelo social, hecho realidad con altibajos durante el siglo XX, ya no es proponible como programa político y económico, ya no es realizable. Por esto tanto derechistas liberales como progresistas, peronistas o no, "fingen demencia" y recitan planes de desarrollo que evocan antiguas épocas aunque saben que son imposibles de recrear en este feroz siglo XXI asiático.