Esta columna de opinión la publiqué en el diario La Capital en febrero de 2024. Como analiza cuestiones de fondo, estructurales, no ha perdido vigencia y por ello la reproduzco aquí con algunas actualizaciones sobre la gestión Milei.
El debate económico y programático argentino es eterno, repetitivo, circular, como las crisis que afectan al país desde hace muchas décadas. El clásico keynesianos vs. liberales cansa de tan reiterado y remanido. Se suma la variante reciente, en la que los tradicionales neokeynesianos fueron reemplazados por economistas populistas y los liberales clásicos por “libertarios”.
No se puede decir que haya sido un cambio enriquecedor, al contrario. Pero el hecho es que las generaciones de economistas pasan pero el fondo del debate es siempre el mismo. ¿Más Estado y regulaciones o menos y más libertades de mercado? Nunca o casi nunca se discute más allá de eso, o sea del fondo del asunto.
Porque ¿y si Argentina no falla sólo por el peronismo, el antiperonismo o por cualquier otra razón de idiosincrasia nacional, como sobreentienden todos estos economistas, sino que lo hace porque estructuralmente tiene un límite estrecho, un techo bajo? En general las argumentaciones que se recuestan sobre las “caracteriologías nacionales” (Sebreli) son erradas y de nulo valor científico. Las del peronismo/antiperonismo como si fuera la “condición humana argentina” caen plenamente en esta categoría.
El choque real, en tanto, se produce entre unas exigentes demandas de consumo y calidad de vida de gran parte de la población, demandas heredadas de padres a hijos desde los tiempos en que el país tenía una importante riqueza, de un lado, y de la otra una economía muy limitada. Que sufre por ejemplo de unos mercados financieros acotadísimos, “sin profundidad” como dicen los expertos. La proporción entre tamaño de la economía y crédito bancario es ridículamente baja. En 2021 el ratio entre préstamos bancarios y Producto Bruto Interno (PBI) fue de apenas 8,5 %. Para comparar, en Chile los préstamos bancarios sumaron en 2022 el 112,8% del PBI. Un abismo.
La economía argentina, sin caer en desequilibrios insostenibles como los ejercitados por el peronismo kirchnerista, sólo puede proveer de esos bienes a una parte limitada de la población. “Apretar el botón” del consumo ha sido una receta de corto plazo muy repetida en este último ventenio. Pero el consumo sin alta inversión es sinónimo de inflación y esta, a su vez, de crisis. Las “tasas chinas” que tanto citaba Cristina en sus cadenas nacionales estaban fundadas en consumo estimulado por inyecciones de dinero sin respaldo, no por inversiones como ocurría en China.
Este límite intrínseco es un problema que al parecer los economistas de las escuelas en pugna no estudian, o al menos no lo hacen en el debate público. Nacional-populistas, heterodoxos y liberales y libertarios ocupan el ring mediático desde hace décadas sin plantearse seriamente el problema.
Como se dijo, durante la larga era K los tradicionales neokeynesianos socialdemócratas fueron sustituidos por una ola de economistas explícitamente populistas formados en las usinas académicas surgidas al calor del poder político y del dinero estatal. Bajó visiblemente el nivel con esta nueva generación, poco dotada del sentido de los matices y la sutileza y sin capacidad de profundización. Lo que llegó del otro lado tampoco fue bueno: los viejos liberales hicieron mutis forzados por la biología y llegó una tropa de malos modales. Entre ellos, el hoy presidente Javier Milei. Con los nuevos libertarios, el liberalismo dejó atrás reglas básicas de educación y no se dio una formación cultural completa, como debe tener un economista en tanto es un intelectual.
El economista e historiador marxista Damián Bil sí ha pensado y escrito sobre los graves límites de fondo que afronta la Argentina: es por ello una rara avis, poco convocado por la chata televisión argentina. Dice: “La estructura de la economía argentina tiene una serie de dificultades vinculadas a su tamaño y al momento en el que ingresa en el capitalismo mundial. Es un capitalismo chico y es un capitalismo tardío. Es un capitalismo de una escala menor, porque tiene un mercado interno reducido, tiene mayores costos, los capitales que acumula en el mercado interno son menos eficientes que los que marcan la productividad media en el mercado mundial, y es tardío porque ingresa al mercado mundial cuando ya la mayor parte de las ramas industriales están desarrolladas a una escala planetaria” (https://www.infobae.com/2015/12/26/1779127-la-economia-argentina-se-queda-corta-escala-y-necesita-incorporarse-un-cuerpo-mas-grande/).
Un diagnóstico difícil de rebatir y que, al contrario, la historia económica argentina ratifica casi punto por punto. Pero también es difícil de aceptar y de ahí tal vez la relativa marginación de Bil.
Las consecuencias de estos límites las vemos y sufrimos todos. La Argentina no tiene grandes perspectivas de superar la “mitad de la tabla” de las economías emergentes. Luego de ordenar el caos que dejó el último gobierno peronista, Milei se plantó en un modelo que hoy, septiembre de 2026, muestra a los gritos sus límites. Crecen fuerte los sectores primarios (agro, hidrocarburos (Vaca Muerta) y despega la minería, mientras industria, comercio y construcción se mantienen postrados. Se aplica al mismo tiempo un cambio estructural al mercado laboral: bajan los empleos de calidad y suben los precarizados. Pero tanto con el modelo caótico peronista como con el orden libertario, Argentina sigue en la “trampa del ingreso medio” de las naciones emergentes. Y es claro que Milei y su fiel ministro Sturzenegger no tienen en mente un país desarrollado, socialmente desarrollado, sino un más parecido al Perú. De ahí que hoy esté en duda la continuidad de Milei en 2027. Su base electoral se estrecha ante la oferta de sociedad que propone.
En todo caso, no hay salida a un estancamiento que dura generaciones, más allá de subidas agudas y efímeras, seguidas de caídas brutales, o de estabilizaciones con pauperizaciones visibles de la antigua clase media, al parecer ya resignada a vivir mucho más pobremente que hace pocos años.
La falacia de Milei y asociados consiste en prometer en el discurso de campaña lo que no está al alcance del país. Pudo estabilizar y sacar al país de la inflación paroxística en el que nos metió el kirchnerismo. Pero no podrá transformar a la Argentina en una nación desarrollada como promete -o prometía- en su exaltada imaginación. Australia e Irlanda quedan cada vez más lejos, mientras se acercan Perú y, con mucha suerte y muchos años de esfuerzo, Chile. Lo de ser una sociedad desarrollada queda para un futuro lejano, difuso. Para otra vida.
Pero en el debate económico de estos años y para prometer falazmente ese futuro, los economistas liberales siempre evocan la era dorada de la Argentina que construyó la Generaciòn del 80 y que duró más o menos hasta 1930 y después, con sucesivas caídas, hasta los años 70/80. Lo proponen como modelo a retomar, como si esto fuera solo una elección y así volver a la Argentina que "era la economía número uno del mundo en PBI per cápita”, según exageran. Ese país tenía 8/10 millones de habitantes y los excedentes que dejaba “el campo” eran enormes, muy superiores a los de la soja actual. Los salarios eran altos en un país con mano de obra escasa y recursos abundantes. La economía primaria sostenía holgadamente a los servicios y la pequeña industria de la época. Y sobre todo el país tenía un cliente de lujo: la primera potencia mundial, Gran Bretaña. Esto cambió con la Segunda Guerra Mundial y el país se quedó sin ese comprador millonario. Y esto pasó con independencia del cambio de modelo económico que trajo el peronismo a partir de 1945-46. Un punto clave que rompe con la explicación simplista y maniquea de los liberales. Con o sin peronismo la decadencia hubiera llegado igual, porque el país se quedó sin un cliente de oro y sin siquiera buenos clientes de sus productos estrella. En los 60s, Europa le cerró su mercado a las carnes argentinas con la excusa de la fiebre aftosa. Cierto, con una administración seria de la economía la caída hubiera sido mucho más llevadera, pero los reclamos de los insatisfechos hubiesen llegado igual y desestabilizado el sistema político. Perón es un síntoma, no una causa. Punto esencial que los liberales de todos los niveles y cualidades olvidan, demostrando una estolidez intelectual preocupante.
Cuando Argentina elige a Perón, este fuerza sin disimulos la maquinaria de la economía nacional, haciendo que la inflación alta sea una constante a partir de 1946. En su defensa se puede decir que ya antes se había dado el viraje proteccionista e industrialista, con diseños tomados de las economías corporativas europeas de la década del 30. Pero este modelo corporativo se llevó al extremo desde 1946 y a partir de ahí los desequilibrios se hicieron crónicos (esta es la fortaleza histórica de los liberales). La inflación no se fue nunca más y, al contrario, se fue acentuando. En 1975, con el Rodrigazo, dio otro salto y la Argentina pasará los próximos 16 años en alta inflación con dos o tres picos de “híper”. Como se sabe, la Convertibilidad fue un paréntesis que duró solo 10 años. Desde 2002 y hasta hoy el país está de nuevo en su condición “normal”, o sea con inflación alta y con el comercio internacional muy cerrado e intervenido durante casi todo este largo período. Hasta que estalló definitivamente este modelo en 2018, la mayoría estaba a gusto con él (las elecciones de 2019, con el categórico triunfo de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, indican una voluntad colectiva irrealista por volver a un pasado ya irrecuperable).
La razón de fondo de esta crisis crónica que recorre gran parte del siglo XX argentino y todo lo que va del XXI es la que marca Damián Bil: “El sector no agrario, que no soluciona sus déficits, va ejerciendo una presión cada vez mayor sobre el sector agrario, que no alcanza a sostener al resto de la economía... la agricultura, que era la rama central del comercio mundial a comienzos del siglo XX, empieza a perder peso en la economía mundial al desarrollarse las producciones industriales. Un país que no se inserta en otras ramas productivas, un país que depende de una sola producción competitiva, verá su economía achicarse”. De paso: el ensayo de Bil "Mala cosecha" su tesis de doctorado, es un libro importante para entender el pobre desempeño de la economía argentina cuando va más allá de la producción agropecuaria. Su subtítulo es didáctico: "La industria de maquinaria agrícola y los limites del capitalismo argentino (1870-1975)". Ediciones RYR
Así, el desvío entre las demandas de consumo y bienestar de la población y las reales y muy limitadas posibilidades de su economía –sin inyectarle “testosterona” inflacionaria– son la causa de fondo del drama nacional. Un buen índice de esta dicotomía se da en un fenómeno muy argentino: la disociación entre el porcentaje de población que se percibe de clase media y el que realmente lo es por ingresos. Aunque hoy, en 2026, la cruda realidad del ajuste libertario y de la previa debacle del modelo populista peronista, hacen que cada vez más personas desistan de esta ilusión.
Pero ni liberales ni populistas ni neokeynesianos están dispuestos a aceptar estos límites intrínsecos al desarrollo. El análisis marxista de Damián Bil provee entonces de un instrumento analítico útil y que es independiente de los grandes aparatos políticos y de los grupos empresarios dominantes. Hoy, en septiembre de 2026, con el modelo libertario en pleno desarrollo, queda claro que las élites han decidido acompañar a Milei en su programa de abrir la economía, cortar el déficit fiscal y reformar el Estado. La desindustrialización galopante es el resultado más visible y dramático del plan Milei. La restricción monetaria y el "dólar atrasado" son las dos herramientas que aplica Milei para mantener a raya la inflación, que sin embargo está lejos de ser domada. Esta receta recesiva (más allá del crecimiento del sector primario), mantiene un apoyo todavía mayoritario pero visiblemente decreciente, como se observa en encuestas y sondeos y en el humor social, "la calle". De allí la reciente iniciativa "malvinera" de Milei, sin dudas un síntoma de su preocupación por la ya no descontada reelección en 2027.
Un señalamiento tardío al esquema explicativo de Bil: la industrialización de China y en general de Asia deja atrás el modelo de las "naciones industrializadas" reunidas en el G-7, gremio hoy definitivamente opacado por las potencias asiáticas. El esquema que él describe tan bien hoy ya no está vigente o está en franca retirada. Las industrias se trasladaron a China desde los años 80/90 y hoy esta nueva globalización asiática, tan diferente a la de los años 90, pone en crisis como nunca a la endeble industria argentina: desde los textiles con las compras online en Temu y Shein al desembarco de los autos chinos, contra los que las marcas tradicionales europeas y americanas radicadas en Argentina y Brasil no pueden competir.