El problema que nadie pone sobre la mesa en el debate público argentino es que no hay modelo de desarrollo económico, sea de izquierda o derecha, liberal, neokeynesiano o populista, que sea viable en la era de la Globalización asiática. Esta etapa de la globalización condena a la Argentina a ser un proveedor más de bienes primarios y como mucho sumar algo de "economía del conocimiento" y servicios en torno a esa economía primaria: finanzas, un poco de turismo y no mucho más. A diferencia de Brasil, sociedad donde nadie se plantea seriamente alcanzar el desarrollo (el PT de Lula está visiblemente conforme con lo que hizo desde 2003 a hoy), la sociedad argentina todavía reclama volver al bienestar de tiempos ya muy remotos. Por algo el presidente Milei invoca repetidamente que si confían en él por muchos años llevará a la Argentina al nivel de Irlanda, como mínimo. El sueño igualitario aún está vivo en la Argentina, que insiste en verse como una sociedad de clase media cuando la nueva realidad mundial no permite recrear esa geografía social, propia de mediados del siglo XX.
Planteado el fondo del asunto, veámoslo con más detalle. Milei propuso de entrada un modelo de economía abierta sometida a un proceso darwinista-schumpeteriano que, efectivamente, se está dando a la vista de todo el país. Aún con un giro pragmático en los próximos meses por la campaña para la reelección en 2027, Milei no negociará su modelo de economía abierta y ajena a la industria (cerró la Secretaría de Industria en 2025). La oposición peronista y no-peronista, condena esta apertura pero no presenta un serio programa económico alternativo. Ante el laconismo opositor, hay que imaginar que sería un plan más matizado, con menos apertura o ninguna. En el caso del peronismo kirchnerista que encarna Axel Kicillof, seguramente invocará el modelo brasileño de Lula y el PT. Brasil mantiene su economía cerrada y registra un crecimiento mediocre pero sostenido. Pero Brasil no se plantea un salto social cualitativo y ambicioso hacia el desarrollo, nadie lo hace en Brasil ni la sociedad lo reclama. Lula, que llegó a la presidencia en enero de 2003 y con intermitencias se mantiene allí, está conforme con lo logrado en estos 23 años. En esas dos décadas largas Brasil nunca amagó con iniciar el camino al desarrollo. El trasfondo histórico-social igualitario de Argentina nunca existió en Brasil ni en el resto de América latina, salvo en Uruguay y Chile, pero no en el nivel visto en Argentina.
Pero Brasil deberá revisar su modelo de economía cerrada. Ocurre que la Globalización asiática está dejando fuera de juego los esquemas proteccionistas de sustitución de importaciones. Un termómetro clave, acá y en Brasil, es la industria automotriz. El modelo vigente se construyó en los 90, entre Menem y Cavallo en Argentina y el gobierno de Fernando Henrique Cardoso en Brasil, hecho a la medida del Mercosur y pensado para actualizar el modelo industrial original de los años 50 y 60. Funcionó bien durante 30 años, pero hoy esa industria afronta un futuro muy difícil. Trata de reconvertirse para adaptarse a las agresivas automotrices chinas.
La industria automotriz argentina está históricamente asociada al país de la clase media y de una clase obrera industrial calificada, es decir, al relativo desarrollo y bienestar que mostraba la Argentina en los años 50, 60 y 70 y en menor medida en los 80, 90 y 2000. Hoy enfrenta su ocaso tal vez definitivo o una reconversión tan drástica que dejará de ser lo que fue durante esas décadas.
Es que los competidores en todas las ramas de la industria, no son, como en los 90, Alemania, Francia, Italia, EEUU y Japón, con sus altísimos salarios industriales, sino China y sus países asociados o satélites, todos con salarios muy bajos e hiperflexibilización de las condiciones de trabajo. Lo que le ocurre al rubro automotor argentino le ocurre a casi toda la industria argentina: textiles, electrónica, bazar, cosméticos, relojes, lo que sea. Pero no se trata de un problema del anómalo Milei y de su exótico dogmatismo austríaco, como afirman Axel Kicillof y sus ideólogos y no pocos neokeynesianos no peronistas. Es algo mucho más permanente, de fondo y que Argentina padece pero en modo alguno controla, ni tampoco puede enfrentar. Sí podría un gobierno más "normal" matizar esta ola de importaciones a precios imbatibles, pero nunca volver al pasado de la añorada "Industria Argentina".
Vale analizar el caso de Axel Kicillof, hoy el más firme precandidato presidencial del peronismo para 2027. Su eventual Presidencia dejará de lado las "relaciones carnales" que tejió Milei con los EEUU. Pero esta medida solo aumentará la dependencia internacional argentina de China y los BRICS, gremio en el que Pekín lleva la batuta. ¿Cómo hará Kicillof para negarse a las exigencias de "libre comercio" de Xi Jinping cuando su dependencia financiera y comercial de China serán mucho mayores que las actuales? ¿Cuando es evidente que, ante la salida masiva de capitales y ahorros privados que causará su llegada al poder, deberá ir a rogar a Pekín un aumento muy importante del préstamo en formato "swap" vigente desde tiempos de Cristina Kirchner? Ni EEUU, con Donald Trump y Scott Bessent, ni el FMI con la comprensiva Kristalina Giorgieva, estarán dispuestos a abrir nuevamente sus bolsillos si Kicillof está en la Casa Rosada.
Hay que revisar las causas de una posible derrota de Milei en 2027. El actual deterioro de la figura presidencial en todas las encuestas tiene relación directa con su programa económico y no solo con los sucesivos escándalos de corrupción de su círculo más cercano (hoy es Adorni, ayer ANDIS, antes $Libra, etc). Es que el modelo económico libertario apuesta a desarrollar solo el 20/30% de las actividades que conforman el PBI argentino. Minería, hidrocarburos y agro, o sea los bienes primarios, son el tridente que entusiasma a Milei y su equipo de economistas. Y efectivamente estos sectores van viento en popa bajo su gobierno. Pero no producen mucho empleo y por lo tanto no impulsan el consumo. Fue sintomático que prácticamente al mismo tiempo el Indec anunciara un crecimiento del PBI de 5,5% interanual en mayo de 2026 mientras una consultora privada, Scentia, consignaba una caída del consumo masivo de 3,8% interanual en abril. Es rarísimo que el PBI crezca tan fuerte y el consumo caiga al mismo tiempo. El contraste se explica porque las ramas de actividad que generan trabajo y consumo retroceden mientras el PBI crece: industria, comercio y construcción (según el Indec, en abril de 2026 industria y construcción registraron una caída interanual de 2,8%). A Milei la "micro" no le interesa, dice que es asunto de los empresarios, que él se ocupa de la "macro" y de la política financiera. Por eso cerró en 2025 la Secretaría de Industria y no hay en su gabinete económico ningún experto en industria, como era Dante Sica, secretario del ramo de Mauricio Macri. Por estos rasgos tan marcados, el programa económico puede llevar a Milei a la derrota electoral, en especial cuando insiste en aplicar la vieja receta del atraso cambiario para combatir la inflación, algo que multiplica los efectos de la apertura comercial (el economista Miguel Kiguel recuerda que Néstor Kirchner mantuvo la apertura del comercio exterior de la Convertibilidad pero con un tipo de cambio mucho más alto).
Pero como vimos Kicillof o quien sea el candidato competitivo de la oposición en 2027, no tiene alternativas reales a la vista, más allá del discurso de campaña. A Milei lo acompañó hasta ahora una resignación general, pero ese sentimiento se está terminando rápidamente, segun registran todas las encuestas. Las buenas noticias de junio 2026: caída del riesgo país, de la inflación (2.1% mensual en mayo) y aumento del valor de los activos financieros no alcanzan o no son perceptibles por el público general, o sea por la enorme mayoría de los votantes. Si en la segunda mitad de 2026 y sobre todo en 2027 no hay una fuerte recuperación de la industria, el comercio, la construcción y por tanto del consumo, Milei afrontará una campaña electoral muy cuesta arriba. El problema es, como vimos, que su programa no contempla ocuparse de estos menesteres, más allá de que seguramente surjan medidas ad hoc para afrontar la campaña.
En resumen, la Argentina que conocemos, la de la clase media (aún cuando sea una clase media golpeada y postergada por las sucesivas crisis económicas nacionales), no tiene lugar en el mundo que están construyendo China y las demás naciones asiáticas que lideran hoy la nueva Globalización, a la que quiere acoplarse Milei aunque de la mano de los EEUU de Donald Trump.
Con la actual pauperización con apertura comercial, Argentina observa cómo se apaga la clase media que conocimos hasta ahora, demasiado numerosa y con estudios que ya no sirven para este nuevo escenario económico que plantean la combinación de Asia y el aperturismo de Milei. Por eso el empobrecimiento es acelerado, tan visible; la clase media se desintegra para integrarse a las clases bajas. Lo que quede de ella será sin dudas menos numeroso y menos determinante en formar el temperamento sociopolítico, el ethos y el pathos de la sociedad argentina. Llega la época de "Mi hijo el rappi", un reemplazo pauperizado de aquel "M'ijo el dotor" del modelo de ascenso social hasta hace poco más o menos vigente. En la Argentina de Perón, Frondizi, Illia, si el hijo del inmigrante europeo no era "doctor", al menos era empleado bancario. Con casa propia. Con Alfonsín, Menem y los Kirchner ese perfil tan neto de ascenso social se detuvo y se fue empobreciendo. Pero la identidad cultural de la clase media y su presencia política se mantuvieron intactas. Hoy, en cambio, la universidad dejó claramente de ser aquel camino seguro de ascenso social y muchos recomiendan a los jóvenes formarse como electricistas o plomeros antes que como médicos o abogados, los "doctores" de antaño. La "facultad" sigue siendo un lugar de socialización y construcción de la identidad juvenil, pero ya no es la institución que daba una formación con segura "salida laboral" como lo fue durante más de un siglo.
Así las cosas, si Milei dejara la Casa Rosada el 10 de diciembre de 2027 para que ingresara Axel Kicillof, el problema de fondo no cambiaría en nada. No hay forma de conciliar el modelo social argentino igualitario de clase media con la realidad económica mundial actual, en la que las economías del decadente G-7 -Europa, Japón, Canadá y EEUU- ya no tienen el rol protagónico. El viejo modelo social argentino, hecho realidad con altibajos durante el siglo XX, ya no es proponible como programa político y económico, no es realizable. Por esto tanto derechistas liberales como progresistas peronistas o no "fingen demencia" y recitan planes de desarrollo que evocan antiguas épocas aunque saben que son imposibles de recrear en este feroz siglo XXI asiático.